Cultura

EL TELESCOPIO

Elefantes, pingüinos y polleras, gritos de libertad

Tomé el libro en mis manos y me sumejo nuevamente en sus páginas. Olor a aires libres en el viento de estas tierras americanas.

Viernes 15 de noviembre de 2019 | 17:10

Volví a él, ese libro que sacó humito de mi cabeza años atrás

Me crucé con los animales que le hicieron una huelga a la patronal humana. Allí el elefante le cuenta a sus compañeros que ellos estaban presos en el circo, que trabajaban para que el dueño se llenara sus bolsillos haciendo ridiculeces y que no debían soportar más humillaciones. En la contienda entre trabajadores y la patronal, los humanos terminaron dentro de las jaulas y el circo bajo control de sus trabajadores hasta conseguir la libertad.

Sigo caminando entre capítulos y Gaspar me cuenta que decidió andar sobres sus manos y muchos que lo veían lo rechazaban por no seguir las costumbres. Hasta llegó la policía para detenerlo por actitud sospechosa (cualquier semejanza con la realidad, vale). Sin embargo, buscando entre leyes y normas no había nada que prohibiera caminar con las manos y Gaspar fue libre de andar.

Mientras paso las hojas empapadas de letras, como hurgando en un álbum sin tiempo veo pasar a a los ceramistas de Zanón de la mano de los compañeros y compañeras de Madygraf que resisten en la fábrica sin patrón. Y sonrío con los pibes gorra joging que agitan y enfrentan a la gorra azul.

Llego a Pablo, el poeta “hermano de la madera, timonel de los pobres, voz de los tristes, de piedras y olvidados”. Él murió y las palabras saltaron de las bocas silenciosas, tomando formas extrañas hasta gritar y unirse nuevamente en las calles, las escuelas y las carpinterías. Y retumban hasta hoy como en las calles de Santiago de Chile donde el poeta cantor ha vuelto, izado en las banderas de la rebelión popular.

Prosigo el andar veloz de esos versos llenos de elocuencia libertaria. Asisto al saludo del rey que no escucha al pueblo y les promete que el año verde serán todos felices. Pero solo llegan los rojos de los fuegos artificiales, los azules de las miles de cortinas del palacio y el amarillo de las espigas para amasar el pan que el pueblo nunca comerá. Hasta que un diciembre, un joven toma una lata de pintura y comienza a colorear al pueblo y el aire ya huele a verde. Entonces el pueblo unido sale a pintar hasta el último rincón hasta que una lluvia lo destiñe. Sin embargo el pueblo sabe que el verde ya no se va.

Camino por el Pasaje de la Oca, que fue salvado por sus habitantes cuando el señor Rueda lo quería demoler para guardar sus estampillas, así que votaron todos juntos tomarlo de las puntas y llevarlo al campo.

Hacia las últimas hojas se puede leer: “En octubre de 1977, los quince cuentos que integran Un Elefante ocupa mucho espacio, fueron prohibidos por Decreto 1355 del Poder Ejecutivo Nacional a cargo de la Junta Militar por considerarse que se trata de cuentos destinados al público infantil con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria para la tarea de captación ideológica de accionar subversivo y que de su análisis surge una posición que agravia a la moral, a la familia, la ser humano y a la sociedad que ésta compone. En 1984 reaparece su edición”

Dejo el libro y las imágenes de una América Latina convulsionada transitan por doquier. Una pequeñita chilena con el puño en alto cantando Victor Jara; un niño boliviano honrando a las mujeres de pollera que portan con orgullo su negrura indígena. Los pingüinos trasandinos saltando el metro, miles de ojos baleados pero no caídos que despertaron tras 30 años de silencio, las mujeres aymaras a la cabeza bajando del Alto con la wiphala en alto resistiendo contra balas y dioses; es el comienzo de la rabia que se organiza para combatir la pisoteada imperialista.
La chispa ha resurgido con fuerza para ocupar, como el elefante, los espacios que son del pueblo.







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