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Stoner: la felicidad de a ratitos

Eduardo Castilla

reseñas

Stoner: la felicidad de a ratitos

Eduardo Castilla

Cuando tenía 15 años una amiga un poco mayor me dijo que “la felicidad es de a ratitos”. La memoria no es mi fuerte. Funciono, más bien, como un re-preguntador serial, acostumbrado a la cara de fastidio de mi eventual interlocutora o interlocutor. Sin embargo, a pesar de las décadas transcurridas desde aquella tarde, la frase sigue martillando en mi cabeza.

Stoner, de John Williams, nos enfrenta a esa –eterna y recurrente– cuestión. A lo largo de 300 páginas, la felicidad se mueve de un párrafo a otro, va de página en página. Pero solo lo hace para confirmar su existencia precaria.

Como en la vida misma, tristeza y felicidad se articulan como polos necesarios. Sin embargo, la tristeza que anida en Stoner tiene, al decir de Julian Barnes, su propia particularidad: “No es, digamos, la tristeza operística de El buen soldado, o la tristeza sociológica de New Grub Street. Se siente más pura, de un estilo menos literario, más cercana a la verdadera tristeza de la vida”.

Allí radica su impacto: en la posibilidad de leer nuestras vidas en la vida de William Stoner, el protagonista. Tal vez sea por eso que el boca en boca convirtió una novela olvidada en un éxito mundial de ventas. Publicada originalmente en 1965, en la última década se convirtió en un boom literario. Solo en Argentina fue editada once veces entre febrero de 2016 y octubre de 2019.

Mundos

William Stoner ingresó en la Universidad de Misuri en 1910, a los diecinueve años. Ocho años después, en plena Guerra Mundial, se doctoró y aceptó un puesto docente en la misma institución, donde dictó cátedra hasta su muerte en 1956. Nunca superó el cargo de profesor asistente, y pocos alumnos lo recordaban con claridad después de haber cursado su materia.

Las primeras líneas de la novela resumen el orden temporal que guiará el relato; establecen los contornos sociales en los que nadará el protagonista; definen, sin ambigüedades, la ausencia de hechos extraordinarios.

Stoner nace y crece en una familia de granjeros cuya historia y destino aparecen inexorablemente atados a la tierra

… aunque sus padres eran jóvenes cuando él nació –su padre tenía veinticinco, su madre apenas veinte– Stoner los consideró siempre, incluso, cuando era niño, viejos. A los treinta su padre aparentaba cincuenta; encorvado por el trabajo, contemplaba sin esperanzas el pedazo de tierra árida que mantenía a su familia año tras año. Su madre encaraba la vida con paciencia, como si fuera un largo momento que debiera soportar. Su pelo, canoso y quebradizo, recogido en un rodete, hacía resaltar las pequeñas arrugas que la auroleaban los ojos claros y borrosos”.

Su propia fisonomía, ya tempranamente, parece concentrar ese destino

Desde que tenía memoria, William Stoner había tenido obligaciones. A los seis años ordeñaba las vacas macilentas, alimentaba a los cerdos en el chiquero que estaba a pocos metros de la casa y juntaba los pequeños huevos de las raquíticas gallinas […] a los diecisiete años ya tenía los hombros encorvados por el peso de las ocupaciones.

Shakespeare saldrá a su encuentro en las aulas de una universidad a la que había arribado a estudiar Agronomía. Un mundo nuevo de sentidos y sensaciones empezará a constituirse a su alrededor. La tierra de la granja de Boonville empezará a desprenderse, parcialmente, de sus manos y su piel.

El viejo Archer Sloan lo guiará por los senderos de la lengua inglesa.

...un hombre de talla mediana, con un rostro alargado y profundas arrugas, pulcramente afeitado; tenía el tic impaciente de pasarse los dedos por la mata del pelo rizado y gris. Su voz era seca y monótona, y apenas movía los labios al hablar, casi sin expresión ni entonación; pero sí movía los dedos largos y finos con gracia persuasiva, como dando a las palabras la forma que no les daba la voz.

Por aquella vida estructurada alrededor del mundo académico desfilan multiplicidad de personajes, por los cuales el lector sabrá tomar cariño o cobrar enemistad. Listemos los fundamentales: David Masters, Gordon Finch, Hollis Lomax, Charles Walker y Katherine Driscoll.

Pero un nombre atraviesa la vida entera de Stoner: Edith Elaine Bostwick. Hija de un pequeño banquero, armaba valijas para conocer a Europa cuando cruzó senderos con quien devino su esposo.

Había varias personas alrededor de la mesa, y en la cabecera una mujer joven, alta, esbelta, rubia, con un vestido de seda azul, servía en tazas de porcelana de borde dorado. Stoner se detuvo en la puerta, cautivado por la visión de la joven mujer. Su rostro largo y delicado sonreía a los presentes, y sus dedos delgados y casi frágiles manipulaban diestramente la tetera y las tazas; al mirarla Stoner se volvió consciente y sintió vergüenza de su aspecto desmañado.

Aquella vergüenza llevaba marcas de clase. El granjero devenido en profesor pisaba el umbral de un universo que le era ajeno. Bajo aquella sombra se desarrollaría la vida junto a Edith y la pequeña Grace Stoner.

La sinuosidad entre felicidad y tristeza cruzará hasta el final la vida del protagonista. Aquel origen de granjero también. A sus cuarenta y tres años

William Stoner había llegado a conocer el mundo de un modo que pocos de sus colegas jóvenes podían entender. En lo más profundo de él, debajo de su memoria, estaba el conocimiento de la dificultad, y del hambre, y de la resistencia y el dolor. Aunque rara vez evocaba sus años en la granja de Booneville, su sangre conservaba siempre cerca de su conciencia el conocimiento de su herencia, el legado de unos antepasados de vidas oscuras y severas y estoicas, y cuya ética común consistía en afrontar un mundo opresivo con semblante inexpresivo, duro y desolado.

Agregar más sobre la novela sería incurrir en el spoileo liso y llano.

Realidades

Como el personaje de la novela, John Williams también provenía de una familia pobre. “A veces encontraba a su madre llorando. Pero esos eran tiempos difíciles. Es difícil imaginar la preocupación y la presión por ganar suficiente dinero para tener comida en la mesa”.

Nancy Gardner Williams, su viuda, recrea aquella historia personal [1]. “Esos” eran los tiempos ásperos de la crisis del ‘30, en un EE. UU. moldeado por la desocupación y la miseria crecientes. Había nacido en 1922. Su niñez transcurrió en la peor crisis de la que tenga memoria el mundo.

Aquel era también un planeta convulsionado que se dirigía hacia una nueva y cruenta conflagración mundial. En aquella inmensa carnicería imperialista conocida como Segunda Guerra, Williams sobrevoló el sur de Asia. Lo hizo como operador de radio en un avión C-45. La nave fue derribada sobre Birmania: de los ocho tripulantes, cinco murieron. Durante los largos meses de convalecencia que pasó en una tienda de campaña, escribió su primera novela: Solo por la noche.

Hasta cierto punto, ficción y realidad se compensan. Los hechos extraordinarios que faltan en la vida de Stoner están presentes en la de su creador.

La guerra dejó marcas duraderas. Las pesadillas que acosaban sus noches, aún 15 años después. La condena a la barbarie de la guerra tiene su lugar entre las páginas de Stoner. Su voz cantante es la del viejo Sloan, quien apenado afirma que “… una guerra no solo mata unos miles o unos centenares de miles de jóvenes. Mata algo en la gente, algo que no puede recobrarse”.

Nudos

En una de las pocas entrevistas que brindó, John Williams se sintió obligado a desafiar al lector. “Muchas de las personas que han leído la novela piensan que Stoner tuvo una vida triste y mala. Yo creo que tuvo una muy buena vida. Tenía una vida mejor que la mayoría de la gente, sin duda”.

Las últimas páginas de Stoner anudan la garganta. No es una frase hecha: se precisa tiempo para procesar cercanía y distancia entre ficción y realidad, para calibrar tristezas y felicidades. Las propias.

Tal vez por eso resulta difícil concordar con el autor. Y sin embargo, tiene innegable razón.

Fue en la literatura dónde William Stoner encontró su fuerza vital. Aquello que lo empujaba a soportar los maltratos de una institución burocrática y transitar los sinsabores del entorno familiar. Ese mundo, elegido a temprana edad, la permitió tejer felicidades múltiples. “Su trabajo le dio un tipo particular de identidad, lo convirtió en lo que era”, resumió Williams en aquella entrevista.

Hace poco una joven amiga me dijo que Stoner es una novela acerca de como “encontrar felicidad en los grises de la vida”. La idea se emparenta con aquella de que la felicidad es de “a ratitos”.

Felicidad y tristeza van de la mano. Se salpican mutuamente; se contaminan; se pliegan una sobre la otra. Imposible que sea de otra manera. El desafío es aprender a vivirlas, a administrarlas. El dilema radica entonces en encontrar, como Stoner, un motor que habilite a transitar ese camino de pliegues.

En un mundo de desigualdades profundamente enraizadas, lo que abunda es infelicidad: propia y ajena; próxima y lejana; en vivo o diferida. Stoner, con sus pequeñas tristezas y felicidades, nos empuja a recordar que hay que cambiarlo todo. Desde la raíz. Que hay que construir una vida que merezca ser vivida. Una existencia donde los sueños dejen de ser motor para superar tristezas y se conviertan en escalones hacia la plenitud.

Para que los ratitos sean cada vez más largos. Para que los grises sean cada vez más verdes.

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NOTAS AL PIE

[1“Mrs. Stoner Speaks: An Interview with Nancy Gardner Williams”, The Paris Review, 20/2/2019. Citado en https://www.theparisreview.org/blog/2019/02/20/mrs-stoner-speaks-an-interview-with-nancy-gardner-williams/
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Eduardo Castilla

@castillaeduardo
Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.
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