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A 35 años de Gulp!: Los Redondos en su verdadera hora cero

El 22 de abril de 1985 salía a la venta la piedra angular de la discografía ricotera: cómo se construyó el álbum que definió el rock de esa época y, al mismo tiempo, lo trascendió para siempre.

Juan Ignacio Provéndola

@juaniprovendola

Martes 21 de abril | 23:59

Que Gulp! siga dando que hablar 35 años después de su salida (tal como pasó cuando cumplió veinte, y tal como ocurrirá cuando llegue al siglo) quizás tenga que ver con ese curioso detalle que lo distingue de la discografía rockera argentina: la extraña condición caleidoscópica según la cual podemos verlo como un material arraigado a su tiempo y espacio (e imposible entenderlo fuera de esas coordenadas), pero al mismo tiempo como una obra de eterna vanguardia, siempre adelantado a un futuro que (al contrario de como cantaría Solari años después) aún no llegó.

¿Cómo es posible esto? Por un lado, su sonido, su estética y su narrativa tiene que ver con ese contexto histórico de mediados de los ’80 en el que fue parido. Precisamente 1985, año en el que convivieron el Juicio a las Juntas y el Plan Austral como metáforas de dos pulsiones contrapuestas: de un lado el poder militar juzgado en el banquillo, del otro el poder económico haciendo su juego pujando una inflación galopante (en 1984 había rozado el 700 por ciento).

La ansiedad de esa “década corta” -que para muchos comienza en 1983 y acaba en 1988- se siente como nunca en ese año, y en especial en Gulp!, un disco hiperquinético, urgente, transpirado (detalles que se enfatizan mucho más comparándolo con Oktubre y su penetrante oscuridad mid-tempo). “Quemás tu vida en este día, en esta tibia, tibia fila. ¿Cómo te va en estos días, humano roto y malparado?”, interroga un Indio rodeado de fuego a través de una de sus figuras literarias favoritas de allí en más: la pregunta retórica.

Pero así como aparecen esos rasgos propios de su tiempo-espacio, también emergen de Gulp! conductas que aún hoy siguen pareciendo novedosas, de avanzada y siempre adelantadas: desde el arte gráfico y el packaging realizado por Rocambole con rodillo y serigrafía (“Hacer la tapa significaba, literalmente, ‘hacer la tapa’: ir a comprar la cartulina, cortarla con un trinchete, armar los sobres y pegarlos”, recuerda el artista platense) hasta la distribución personalizada de las primeras mil copias que salieron a la venta aquel 22 de abril de 1985.

Tres décadas y media después aún resultaría vanguardista grabar de manera independiente y autogestiva como Los Redondos lo hicieron en el estudio de la familia Vitale en Villa Adelina tras juntar moneda por moneda lo que recaudaban en La Esquina del Sol, el pub palermitano que frecuentaban desde 1984.

Los Redondos en el Stud Free Pub.
Los Redondos en el Stud Free Pub.

“Fue casi una experiencia bucólica, campestre y hippie, porque el estudio estaba en Villa Adelina, lo cual era lejos de la civilización y entonces ya le daba un tinte de aventura”, recuerda el saxofonista Willy Crook. “Todavía era una época bastante fronteriza con la nada para grabar y todo eso, ni siquiera existían los estudios con alojamiento propio. Apenas había un par muy buenos, pero la democracia estaba muy fresca y por lo tanto seguíamos siendo criaturas para mantener enjauladas, o al menos así lo pensaba la sociedad”.

En ese entonces el rock de la posdictadura estaba pegando el volantazo hacia lo que la década del ’80 redefinía (desde los centros de producción cultural en Estados Unidos y Europa) como estética pop: sonidos procesados, sintetizadores generando loops y armonizaciones, ritmos con beats digitales y todo lo que ofrecía la irrupción del artefactismo electrónico. Pero frente a Nada personal de Soda Stereo y Locura de Virus (por citar dos discos insignes del ’85), Los Redondos generaban en Gulp! un efecto refractario con sus baterías acústicas, el saxo y unas capas de guitarra muy concretas, sin más efectos que la palanca de trémolo de la Stratocaster de Skay Beilinson.

“El disco estaba muy cocinado bajo el baño María de los ensayos a los que éramos sometidos de manera constante e inapelable: nadie se moría, ni se casaba, ni iba a la guerra, ni nada; solo se ensayaba”, apunta Willy Crook. “Felizmente Skay tenía una idea bastante clara de lo que quería en sonido, que fue siempre su habilidad. Y el Indio también tenía conceptos claros. Los demás éramos engranajes de la máquina, lo cual, por supuesto… también lo teníamos claro”.

Efectivamente, la lista de canciones grabadas (once, más un track “oculto” de 53 segundos) no fue otra cosa que la depuración del amplio repertorio que la banda venía acumulando desde hacía varios años. De entre todas esas decenas, decantaron aquellas a su vez más familiarizadas con una formación prácticamente nueva: a pesar de que Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota acreditaba actividad desde 1978, las incorporaciones del bajista Semilla Bucciarelli, el baterista Piojo Ábalos, el guitarrista Tito Fargo y el mentado Crook al combo liderado por la dupla Solari-Beilinson se habían producido apenas un año antes de entrar a grabar Gulp!. A pesar de la mística acerca del gusto de culto que generaba en un grupejo de seguidores, el disco estableció la verdadera hora cero de una banda que a partir de entonces comenzaría una curva ascendente.

Sólo sobrevivió de épocas anteriores “Superlógico”, grabado en aquel demo de 1982 que significó la primera experiencia infra-estudios de Los Redondos. Todo lo demás parece estar preparado ad-hoc para dejarle al futuro un testimonio de época: desde “La bestia pop” como interpelación de ese “rock del rico Luna Park” que empezaba a industrializarse (1985 fue el año en el que nacen FM Rock & Pop, el Suplemento de Clarín y el boliche Cemento; tres demostraciones del rock como una fuerza de mercado) hasta “El infierno está encantador”, acaso la primera letra del rock criollo que ubica al público como protagonista. Dos canciones de época, pero a la vez perennes. Caleidoscópicas, en definitiva. Lo mismo que incluso le sucede al propio Crook cuando analiza aquella experiencia a exactos 35 años: “Sentimientos confusos se albergan en mi corazón, aunque en lo personal me la pasé formidable. Gulp! fue pedagógico, moderador… y épico”.







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