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Red Internacional

LITERATURA // POESÍA.Olga Orozco, entre el surrealismo y el gótico actual

A 101 años de su nacimiento hacemos un breve recorrido por su vida y obra.

Elizabeth Yang@Elizabeth_Yang_

Miércoles 17 de marzo | 10:08

Foto Sara Facio

Olga Nilda Gugliotta Orozco nació un 17 de marzo de 1920 en Toay, a once kilómetros de Santa Rosa (La Pampa).

Su padre Carmelo fue intendente del pueblo por la UCR durante varios años, además de empresario de la madera y dueño de un aserradero. Su niñez la vivió allí, en una casona rodeada por naturaleza y campos, como aquel de girasoles donde, en los brazos de su hermana mayor, huyeron llenas de pánico porque un toro había decidido perseguirlas. Lograron saltar unos alambrados de púa y salvarse. Olga tenía dos años, y por mucho tiempo más recordaría ese susto en forma de sueño recurrente, “un color colorado que se mueve en el campo amarillo y después hay sangre”. Era la boina del peón que trataba de ayudarlas. Vivieron allí hasta que se mudaron a Bahía Blanca, y desde 1935 en Buenos Aires.

Ella eligió identificarse con el apellido de su madre Cecilia y recordar los cuentos de su abuela María Laureana, y a sus hermanas. Cuando ella era aún pequeña, su hermano mayor, muy parecido a ella, falleció de meningitis. También lo recordará en un poema “Para Emilio en su cielo”.

Desde 1994 funciona en Toay la Casa Museo Olga Orozco, en la que se realizan actividades culturales sobre su obra. El año pasado fueron celebrados los 100 años de su nacimiento, y este año se repetirá la maratón de lectura en el jardín de la casa.

Estudió en la UBA letras, pero no terminó la carrera, antes se lanzó a escribir.
Además de poeta, fue periodista y docente. Junto con su amiga María Julia Onetti (prima del escritor Juan Carlos) hacían los horóscopos de Clarín de los domingos y los firmaban como Canopus. Esto fue entre los años 1968 y 1974. Muchos creían que eran inventados, los que en broma llamaban de “orózcopos”. Pero no, habían estudiado astrología. El periodista Alfredo Serra le preguntó en un reportaje:

—¿Cree en todo eso?

—¡Absolutamente!

—¿Qué dice su horóscopo?

—Soy de Piscis con ascendencia en Acuario. Hay temas que se repiten: la permanencia religiosa, la adhesión a la magia —a lo oculto en general—, el tema del amor, el tema de la literatura. Bueno, usted sabe que el horóscopo muestra cuestiones de carácter y de posibilidades, pero no accidentes fatales, por ejemplo.

Todas esas coordenadas astrológicas se las había hecho su amigo Xul Solar, artista y esotérico, ambos muy amigos de Oliverio Girondo y visitantes asiduos de su quinta en el Tigre.

Oliverio Girondo, Olga Orozco y Norah Lange en La Recalada (Delta)

Tal vez sea mística, para algunos artistas, la atracción hacia un mundo maravilloso que Breton trataba de explicar con sus vasos comunicantes, esos que restablecerían la unidad entre el mundo de la vigilia y el del sueño, una realidad llena de ensoñaciones, en la que el surrealismo no sería simplemente una escuela literaria o un grupo de artistas, sino un intento de reencantamiento del mundo. Al decir de Michael Löwy en La estrella de la mañana: surrealismo y marxismo, una tentativa de restablecer en el corazón de la vida humana los momentos encantados borrados por la civilización burguesa.

O nada de esto sino solo misticismo, porque Orozco también practicó el tarot, y se creía vidente, para después abandonar todas estas prácticas por el temor a una muerte que predijo y otras fuerzas oscuras. En sus “Anotaciones para una autobiografía” cuenta que sus amigos le temen porque creen que adivina el futuro. “A veces me visitan gentes que no conozco y que me reconocen de otra vida anterior”. Su vínculo con el tarot la llevó a escribir los poemas Cartomancia o Para destruir a la enemiga.

Por su participación en algunas revistas junto a surrealistas como Aldo Pellegrini o Julio Llinás (el papá de Verónica), se la considera como parte de ese movimiento, aunque ella misma decía que “no lo soy sino como una actitud ante la vida, por la canalización de elementos oníricos o la creencia en otras realidades que no son solamente el aquí y ahora, y la exaltación de valores como la justicia, el amor, la libertad. Pero nunca hice automatismo como los surrealistas; si lo hiciera, no terminaría en poema sino en plegaria.”

Para Jorge Monteleone, crítico literario especialista en poesía, Orozco es tan expresiva como oscura y su obra roza un existencialismo que hoy se podría definir como gótico.

Se casó muy joven, y no tuvo hijos. A los veinte con el poeta Miguel Ángel Gómez, quien dirigía la revista de la que participaba; se separó cuatro años después. En los tiempos de la revista surrealista A partir de cero, vivió un romance con el poeta Enrique Molina. En los años cincuenta, tuvo un bar llamado La Fantasma con su pareja el actor José María Gutiérrez, allí se hacían happening y ella se disfrazaba de aparecida. En los setenta se casó con el arquitecto Valerio Peluffo, su último gran amor, quien murió en 1989. “En la brisa, un momento” fue dedicado a Valerio.

—¡Ya se fue! ¡Ya se fue!— se queja la torcaza.

Y el lamento se expande de hoja en hoja,

de temblor en temblor, de transparencia en transparencia,

hasta envolver en negra desolación el plumaje del mundo.

—¡Ya se fue! ¡Ya se fue!— como si yo no viera.

Y me pregunto ahora cómo hacer para mirar de nuevo una torcaza,

para volver a ver una bahía, una columna, el fuego, el humo de la sopa,

sin que tus ojos me aseguren la consistencia de su aparición,

sin que tu mano me confirme la mía.

Obtuvo muchos premios, desde el Konex hasta Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (1998), para ella “un azar favorable, un regalo para lo que hago. Nada más”. Su premio verdadero sería “acertar con lo que quiero decir cuando escribo. Nunca acierto. Siempre son aproximaciones.”

Ni lírica ni maestra, quería que la presenten con su nombre propio. ¿Y si la llaman poetisa? “No, por favor, poetisa no. Yo fui la que introduje en la Argentina la denominación poeta para las mujeres. Ya cuando tenía dieciséis años me indignaba que dijeran poetisa; parece un género literario, indica la época en que las mujeres escribían por entretenimiento o por descarga psicológica, y se lo asocia a desmayos y puntillas. Poetisa no es una catalogación decente.”

Pizarnik fue una especie de discípula, Olga tenía treinta y cuatro y Alejandra unos dieciocho. La definió como alguien sumamente angustiada, agónica casi por naturaleza y cuando fue su muerte le escribió "Pavana para una infanta difunta" (de Mutaciones de la realidad, 1979) a propósito usó el mismo nombre de una composición de Maurice Ravel. Este poema puede ser definido como en el que se dirimen las diferencias y las semejanzas entre ambas poetas, según Tamara Kamenszain también poeta y ensayista argentina.

Pequeña centinela,

caes una vez más por la ranura de la noche

sin más armas que los ojos abiertos y el terror

contra los invasores insolubles en el papel en blanco.

Ellos eran legión.

Legión encarnizada era su nombre

y se multiplicaban a medida que tú te destejías hasta el último hilván,

arrinconándote contra las telarañas voraces de la nada.


Entre sus publicaciones se destacan Desde lejos (1946), Las muertes (1952), Los juegos peligrosos (1962), Museo salvaje (1974), Cantos a Berenice (1977), Mutaciones de la realidad (1979), La noche a la deriva (1984), En el revés del cielo (1987), Con esta boca, en este mundo (1994).Escribió también dos libros de relatos autobiográficos, La oscuridad es otro sol (1962) y También la luz es un abismo (1995) y una obra de teatro: Y el humo de tu incendio está subiendo (1971).

Ya en “Desde lejos”, siendo tan joven, había escrito su emblemático poema titulado Olga Orozco, que a la manera de los poetas modernos se presenta en lo que ella misma llamó el desdoblamiento en máscara de todos, “Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero”, abriéndose en una díada subjetiva yo-tú, y multiplicándose.

Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.

Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,

el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas,

la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre alucinaciones, y

también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.

Olga Orozco, desde ese despliegue subjetivo a veces recorre el tiempo, la mujer ya más vieja ve a la niña entre los vahos y la nebulosa del pasado, y una sencilla sopa las une, lo que ayer fue pura amenaza y condena, hoy es un acatamiento en soledad.

Señora tomando sopa

Detrás del vaho blanco está el orden, la invitación o el ruego,

cada uno encendiendo sus señales,

centelleando a lo lejos con las joyas de la tentación o el rayo del peligro.

Era una gran ventaja trocar un sorbo hirviente por un reino,

por una pluma azul, por la belleza, por una historia llena de luciérnagas.

Pero la niña terca no quiere traficar con su horrible alimento:

rechaza los sobornos del potaje apretando los dientes.

Desde el fondo del plato asciende en remolinos oscuros la condena:

se quedará sin fiesta, sin amor, sin abrigo,

y sola en lo más negro de algún bosque invernal donde aúllan los lobos y donde

no es posible encontrar la salida.

Ahora que no hay nadie,

pienso que las cucharas quizás se hicieron remos para llegar muy lejos.

Se llevaron a todos, tal vez, uno por uno,

hasta el último invierno, hasta la otra orilla.

Acaso estén reunidos viendo a la solitaria comensal del olvido,

la que traga este fuego,

esta sopa de arena, esta sopa de abrojos, esta sopa de hormigas,

nada más que por puro acatamiento,

para que cada sorbo la proteja con los rigores de la penitencia,

como si fuera tiempo todavía,

como si atrás del humo estuviera la orden, la invitación, el ruego.




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